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Por FRANCISCO MONTORO |
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El 9 de junio de 1631, a los siete meses de la boda de sus padres, nace en Vélez-Málaga, en la casa que hoy se conoce como "Casa de Cervantes" el niño Alonso Enríquez de Guzmán y Rivera, hijo "legítimo" de don José de Porres Enríquez de Guzmán y de doña Constanza Rivera y Orozco, merqueses de Quintana y condes de Castronuevo.
En torno a la paternidad de este niño, que mas tarde abrazará la religión con el nombre de Fray Alonso de Santo Tomás y llegará a ser obispo de Málaga, se ha vertido mucha tinta.
Huérfano a los tres años de edad fue recogido y educado por su tío paterno Fray Antonio Enríquez, a la sazón obispo de Málaga. Y, muerto su tutor, cuando contaba diecisiete años, hubo de abrazar precipitadamente la vida religiosa como modo de detener el manifiesto empeño de Felipe IV en legitimarlo como su hijo. No cabe duda de que en la toma de hábitos en el convento de Santo Domingo de Málaga, el 29 de abril de 1648, tuvo mucho que ver la veneración a unos padres que no conoció así como el orgullo de la nobleza de sus apellidos.
La vida de Fray Alonso transcurre en una continua lucha entre sus sentimientos de honor y la obsesión de un padre rey que le requiere y solicita en los momentos más críticos del reinado. De haber aceptado la paternidad real, dadas las circunstancias que concurrieron en la Casa de Austria, es muy probable que hubiese podido reinar. De los muchos hijos ilegítimos que se le adjudican a Felipe IV sólo fueron de sangre noble por vía materna Fernando Francisco (1626-1634) y Alonso Enríquez, a quien muchos historiadores señalan como el más querido por el Rey.
El escepticismo sobre las posibilidades de que Alonso Enríquez hubiese llegado a reinar queda fácilmente puesto en duda si tenemos en cuenta las oportunidades que tuvo Juan José de Austria, hijo de la artista "la Calderona", que no era de noble cuna.
Desde el nacimiento de Fray Alonso se observan hechos sospechosos. En primer lugar, nace a los "siete meses" de la boda de sus padres. En segundo lugar, al poco de nacer muere el Marqués de Quintana, y doña Constanza tiene que recurrir a los tribunales para que no se le prive de la custodia de su hijo. Y en tercer lugar, muerta la madre en 1634, cuando el niño sólo contaba tres años de edad, el pequeño, por decisión del Consejo de Castilla, pasa a la custodia de su tío Fray Antonio Enríquez de Porres, que de simple franciscano pasa a ocupar la silla episcopal malagueña, precisamente también en el año de 1634. Fray Antonio, claramente protegido de Felipe IV, recibe pronto otra merced real al ser nombrado Virrey de Aragón, cargo que simultanea con el del obispado de Málaga hasta su muerte.
En febrero de 1648 fallece el tutor de Alonso Enríquez. A los dos meses del óbito de su tío, libre de sus presiones y dueño ya de sus actos, toma el hábito de dominico renunciando a su fortuna y a sus honores. Al conocer Felipe IV este hecho hace un último intento antes de que pronuncie los votos, por lo que el 5 de mayo del mismo año, el nuncio expide un buleto por el que el joven es sacado del convento y encerrado en su palacio.
Intervienen en el intento de disuasión el Marqués de Montara, el gobernador de la ciudad, el provisor y un enviado especial de la corte, don Francisco de la Hoz, Maese de Campo y Caballero de Santiago. Enterado el Rey de la inutilidad de sus esfuerzos mandó, por fin, que se dejase en paz al muchacho en el convento.
Según afirma el autor Deleito y Piñuela en su libro El Rey se divierte
"...el Monarca estimó mucho a Fray Alonso, al cual don Juan de Austria trató como hermano y dio título de tal según las relaciones de la época..."
Fray Alonso llegó a presidir el Consejo de Castilla a pesar de existir en él miembros cardenales, y no llegó a obtener el carpelo cardenalicio precisamente por su oscuro origen.
Fray Alonso fue en todo momento humana y religiosamente ejemplar. Provincial electo de su orden el 11 de mayo de 1658, presentado como obispo de Osma y consagrado el 16 de abril de 1662; presentado en 1664 para el obispado de Palencia y nombrado obispo de Málaga el 15 de diciembre del mismo año.
Como obispo de Málaga su labor fue muy notable. Realizó muchas e importantes obras en la capital y en toda la diócesis, escribiendo valiosas cartas pastorales, propugnando la reforma de las costumbres, y celebrando un importante sínodo el 21 de noviembre de 1671. Murió en Málaga el 30 de julio de 1692.
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