EL MINISTRO QUE SUPO DIMITIR.
(FEDERICO ESTEBAN VAHEY Y ALBA)

Por FRANCISCO MONTORO

El pasado siglo dio a la Axarquía un hombre de singulares valores, un político que alcanzó una de las más altas cotas de poder en nuestro país, un veleño que llegó a ser Ministro del gobierno de España; y no un ministro cualquiera, sino Ministro de Gracia y Justicia.

Se llamaba Federico Esteban Vahey y Alba y nació en Vélez-Málaga el 11 de noviembre de 1807 como hijo legítimo del abogado don Federico Vahey y de su esposa doña Rafaela Alba.

Cuando contaba trece años de edad obtuvo beca de colegial jurista en la imperial de San Miguel de Granada, obteniendo en 1824 el título de Bachiller en Leyes y en octubre de 1832 el de Abogado.

Al poco de terminar la carrera abrió bufete en su ciudad natal, si bien apenas ejerció dos años dado que fue nombrado Corregidor de la ciudad de Alhama de Granada en 1834 y, cinco años mas tarde, juez interino de Primera Instancia en Jerez de la Frontera, el 23 de junio de 1839.

El año de 1844 fue especialmente importante para él. Se le agolpan los nombramientos. Primero secretario de la Audiencia de Barcelona en el mes de enero, y, en abril, de la de Valencia. En octubre fue asociado al Sr. Pedro Giménez Navarro, fiscal del Tribunal Supremo. Ese mismo año de 1844, y hasta 1847, fue diputado a Cortes, desempeñando siempre el cargo de secretario del Congreso.

El 18 de mayo de 1847 se le nombró fiscal togado del Tribunal Mayor de Cuentas y, en septiembre, Comendador de número de la Real y Distinguida Orden de Carlos III.

En 1850 volvió a obtener acta de diputado a Cortes por el distrito de Vélez-Málaga, y, el 22 de septiembre de 1852, fue nombrado vocal de la comisión encargada de los fueros de las provincias vascongadas. Precisamente en este año de 1852 alcanza su culmen político al ser nombrado Ministro de Gracia y Justicia por Real Decreto de 14 de diciembre.

Pero no duró mucho en el cargo de Ministro. Su conciencia recta y sus profundos convencimientos personales le llevaron a no aceptar una corruptela que se le proponía. Al parecer, un compañero de gabinete se empeñó en destituir a un virtuoso empleado cuya conducta intachable le parecía al veleño mérito suficiente para que se le apoyase. Y así, convencido de que el Ministro de Justicia debía ser el ejemplo más claro de rectitud para todos, no entendía que le fuese compatible una debilidad, por pequeña que ésta fuese. Así pues, para ser coherente y recto dimitió el 9 de abril de 1853, cuando apenas llevaba cuatro meses en el cargo. El 28 de junio de aquel mismo año, fue nombrado Consejero Real.

Cansado y enfermo dimitió de todos sus cargos públicos el 14 de noviembre de 1855 para dedicarse al reposo y a la vida privada. Y, apenas un año después, una pulmonía fulminante le ocasionó la muerte, en Madríd, el 19 de septiembre de 1856.

Por aquel entonces se llevaban a cabo unas importantísimas obras en la iglesia veleña de San Juan Bautista. Obras que en parte se costeaban con subvenciones que había obtenido don Federico. Embalsamado fue traído a su tierra natal, enterrándosele en la misma iglesia de San Juan Bautista, en un sepulcro de mármol de Carrara de la capilla dedicada a San Federico, ubicada hacia la mediación del templo.

Quienes le conocieron en vida hablan de su excelente corazón, y de su carácter dulce, alegre, bromista y servicial; pero, sobre todo, de su rectitud de conciencia.




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