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(SALVADOR RUEDA) Por FRANCISCO MONTORO |
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En Benaque, una pequeña aldea del término municipal de Macharaviaya, nació, a mediados del siglo pasado, en 1857, Salvador Rueda y Santos, hijo de don Salvador Rueda Ruiz y doña María Santos Gallardo.
De su niñez sabemos muy poco. Nos cuenta el ilustre poeta, que ayudaba a su padre en las labores del campo, y al cura del pueblo en el papel de monaguillo. Cuando tenía catorce años, y apenas sabía leer ni escribir, "leía de corrido en las hojas de los árboles, en la página inolvidable de una fuente, en el brillante fondo de un crepúsculo..."
Su labor periodística se inicia en el periódico malagueño Mediodía, siguiendo por el semanario Málaga, la revista Andalucía, colaboraciones en el Correo de Andalucía, destino en La Gaceta de Madrid, publicaciones en El Globo, e incluso director del periódico La Gran Vía de la capital de España.
Ingresó en el cuerpo de archiveros, con cuyo trabajo se ganó la vida, teniendo diversos destinos, principalmente en la capital de España.
Escribió novelas como El gusano de luz, El cielo Alegre, La reja, El patio andaluz, La cópula... Y obras de teatro como La musa, Vaso de Rocío, La guitarra, Los Ojos... Sus principales libros de poesías fueron Noventa estrofas, Himno de la carne, Piedras preciosas, Fuente de Salud, Poesías escogidas, etc. Sus Poesías completas se publicaron en 1910, en Barcelona.
Viajó por la América española y Filipinas, donde se le coronó como poeta de la raza.
Salvador Rueda logró el reconocimiento literario, dentro y fuera de su tierra, llegando a ser un referente en la poesía contemporánea. No obstante, conscitó grandes controversias. Mientras, para unos, debería estar en los altares de la historia de la poesía, para otros, habría que recluirle en el antro más oscuro del infierno literario.
Juan Ramón Jiménez lo retrató diciendo que era ...como un simpático ebanista en domingo. Moreno rubial, ojos leonados, entre alegres y tristes, tupé y bigote floridos. Andaba con paso lijerito y menudo, y, para saludar en la calle, giraba todo el cuerpo. (...) Hablaba meloso y bajito, con muchos suspiros, modismos e interjecciones populares...
Miguel de Unamuno al referirse a Rueda nos dice que es ...un hombre en quien la inteligencia es forma de bondad. Un alma abierta como el campo y sin más techumbre que el cielo.
Desde 1892 en que llega por primera vez a España el nicaragüense Rubén Darío, Salvador Rueda lo define como "el divino visionario, maestro de la rima, músico triunfal del idioma", y le dedica una amistad fraterna. Y con épocas de gran cercanía, y otras de tensiones personales, por malos entendidos, su amistad y vinculación poética fue de por vida. Salvador Rueda inició el fuego del modernismo poético y Rubén lo avivó. Como diría hace unos años José Luis Pérez Fuillerat, "si la voz de América fue Rubén Darío, la voz de España fue Salvador Rueda: las dos teclas fundamentales de un mismo órgano, que aún sigue resonando en la memoria lírica del alma hispánica".
El cosmopolitismo de Darío contrasta con el alma aldeana de Rueda. Para él Benaque fue siempre "su refugio, su jardín y su templo".
Su incontenible amor por la tierra que le vio nacer se puede constatar en un hermosísimo soneto, fechado en Madrid el 10 de septiembre de 1901, que escribe para el programa de la Real Feria de San Miguel de Vélez-Málaga de ese mismo año, y que reza así:
Riberas desde Nerja hasta Estepona, / costas que encierran mi niñez, mi vida: / �con qué esplendor en vuestra mar bruñida / destrenza el sol la luz de su corona!. / Un himno grande vuestra tierra entona / que recibí en el alma estremecida, / viendo el tumbo del agua sacudida / que en las peñas sus lirios desmorona. / Todo es en ti soberbio, patria amante; / sobre tu costa, el cielo rutilante / de luz se ornó más puro y más bendito. / Y las ondas que elevas y desmayas, / cantan a Dios rodando por las playas / como un tropel de lenguas infinito.
Los último veinte años de Rueda fueron de un dramatismo inmisericorde. Abandona Madrid para refugiarse en Málaga, donde toma posesión como Director de la Biblioteca Pública Provincial el 1 de marzo de 1919. Aquí, en extrema penuria, y tras larga enfermedad, morirá el 1 de abril de 1933.
Pero la más triste noticia sobre Salvador Rueda nos la ofrece el profesor de la Universidad de Valencia Dr. Pedro J. de la Peña en su libro El feismo literario (Madrid, 1989). Se trata de que a Salvador Rueda le pudo haber sido concedido el premio Nobel de Literatura. Según el investigador el premio hubiera podido ser suyo de no intervenir la Academia Española - algunos de sus miembros - desestimando la resolución y advirtiendo del "mal fallo" a la Academia Sueca. Al parecer el novelista Armando Palacio Valdés, y otros envidiosos incompetentes, escribieron al embajador de España en Estocolmo, que se apresuró a advertir que "...Salvador Rueda era un simple coplero al que apenas si nadie conocía en España..." Desgraciadamente se les hizo caso a los corrosivos, y la designación del Nobel, que ya estaba decidida, tuvo que cambiar de destinatario.
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